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El encuentro con la historia: mi entrevista con Cuauhtémoc Cárdenas
Gustavo Filobello Niño
29 de octubre del 2026
Hay momentos en que la imagen pesa más que las palabras. Uno de esos instantes quedó grabado en mi memoria cuando entrevisté al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano para mi noticiero de televisión. En aquel entonces, el líder histórico de la izquierda mexicana llegó al estudio con justificados prejuicios. Dudaba que una televisora privada realmente pudiera ofrecerle un espacio libre de comunicación. Eran los tiempos en que el gobierno estaba controlado por el PRI y, sobra decir —porque la historia se repite—, la mayoría de los medios sufrían presiones y coacciones para bloquear cualquier narrativa que no fuera la de su candidato oficial, Francisco Labastida Ochoa.
Por eso, cuando recibí al ingeniero Cárdenas en la puerta de mi oficina, recuerdo claramente la sorpresa en su rostro. Me preguntó a quemarropa si había algún tema, mensaje o contenido que debiéramos omitir para evitarme, según sus palabras, un problema con la empresa. Mi respuesta fue contundente: ninguno; somos libres para hablar, pero también libres para preguntar.
Así, cara a cara, iniciamos la entrevista completamente en vivo, directo y sin cortes.
La primera pregunta fue obligada: el proceso electoral de 1988, aquel donde la narrativa oficial dictó su derrota ante Carlos Salinas de Gortari. Le cuestioné cuál era su opinión a la distancia y por qué, si tenía a una enorme mayoría de mexicanos respaldándolo, decidió no desconocer al gobierno electo o encabezar una movilización masiva contra el sistema. ¿Por qué permitió que todo continuara y Salinas gobernara?
Me miró fijamente a los ojos. Guardó un silencio pesado, de esos que calan en la televisión, y me dio una respuesta que me dejó perplejo: «Sí lo intenté. Incluso tuve el respaldo de otros partidos, como el PAN, y de cúpulas militares dispuestas a apoyarme. Pero en mi reflexión interna calculé el altísimo costo en vidas humanas y el impacto económico que provocaría esa decisión. Opté por canalizar el descontento nacional hacia la vía institucional, y así fundamos el PRD».
Tras escuchar esa confesión, dimensioné el verdadero tamaño histórico del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, un gigante que hoy ha partido. Prefirió sacrificar su comprensible molestia, enojo y tristeza personales en favor de la estabilidad del México que hoy tenemos.
Siempre se le recordará con ese rostro adusto, serio y de mirada fija. Sin embargo, en la intimidad, era un hombre alegre que sonreía con facilidad. Tanto así que durante la charla le comenté que él había ganado la primera jefatura de gobierno de la Ciudad de México para la oposición gracias a una fotografía donde salía sonriendo, la cual se convirtió en el emblema de su campaña. Plenamente consciente de ello, bromeó: «Yo siempre sonrío. Los que no me toman la foto correcta son los fotógrafos, porque seguro trabajaban para Salinas de Gortari».
Años después volví a saludarlo, esta vez acompañado de mi familia, en el restaurante Matisse de la Ciudad de México. El tiempo le había sumado años encima, pero conservaba intacta esa sonrisa que pocos conocieron. Me reiteró que seguía luchando por la construcción democrática del país y aceptó, de muy buen agrado, una nueva entrevista. Una cita con la historia que, lamentablemente, ya no se podrá realizar.
El México en el que hoy vivo junto a mis hijos no sería el mismo sin la huella profunda que dejó a su paso un estadista de la talla de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Hay mucho que aprender de su legado, especialmente para la nueva clase política gobernante que hoy se autonombra de izquierda.
Descanse en paz.



