El mar se come mi casa en Las Barrancas de Alvarado: don Pioquinto

Juan David Castilla

En el pequeño rincón de Las Barrancas, cerca de Antón Lizardo, municipio de Alvarado, el mar dejó de ser el sustento de la vida para convertirse en un intruso silencioso y voraz. Don Pioquinto Román Reyes, un hombre cuya voz carga el peso de la sal y la incertidumbre, mira hacia el horizonte donde hace apenas una década se extendía un kilómetro de arena. Hoy, ese espacio es solo un recuerdo borroso bajo el agua.

«La playa tiene como unos 10 años para acá que ha venido puro para arriba», narra Pioquinto, señalando los esqueletos de lo que alguna vez fueron hogares.

Para él y sus vecinos, el fenómeno se debe tanto al calentamiento global como a la ampliación del puerto y las escolleras cercanas, que «aventaron la mar» hacia sus casas, arrasando con ellas.

La geografía del pueblo ha cambiado drásticamente. Donde antes los pescadores trabajaban, ahora las lanchas están apiladas unas sobre otras porque la playa ha desaparecido por completo. El mar no solo les quita el techo, sino que les está robando su espacio de vida y trabajo.

Pioquinto ya vio caer la casa de su hijo y sabe que la suya es la siguiente en la fila. El agua «escarba por debajo» de los cimientos durante los tiempos de mal clima, deslavando la tierra hasta que las estructuras colapsan. Dice que el mar ya ha derribado unas 20 casas solo en ese tramo.

Don Pioquinto describe un pueblo abandonado. No ha habido reubicaciones ni apoyo del gobierno. Incluso, les negaron la construcción de una escollera de protección.

“Por aquí no baja nadie», afirma con una mezcla de amargura y dignidad. Mientras el océano sigue avanzando, Pioquinto y los demás pescadores permanecen ahí, viendo cómo el mar que antes les daba de comer, hoy se lleva sus recuerdos.

El pescador tiene 66 años. Mira hacia el mar con preocupación e incertidumbre. Teme que las olas continúen llevándose los cimientos de su casa y más adelante ya no tenga un techo donde vivir.

Su casa está entre decenas de lanchas apiladas sobre la playa y los escombros que sigue arrastrando el agua, lo que, en algún momento, fueron viviendas que albergaron a decenas de familias.