Entre Columnas
La farsa del Consejo Nacional morenista.
Sabemos que mienten.
Ellos saben que mienten.
Ellos saben que nosotros sabemos que mienten.
Nosotros sabemos que ellos saben que nosotros sabemos que mienten.
Y, sin embargo, persisten en mentir.
Alexander Solzhenitsyn
Resulta contradictoria, por lo menos, la grotesca farsa montada en el Consejo Nacional de Morena para la elección de la nueva dirigencia. Sonrieron llenos de alegría, levantaron los puños emocionados, gritaron consignas con fervor para reforzar la simulación del nada pasa, del todo está bien, allí mismo con exclamaciones de respaldo al impresentable Rocha Moya, no hay nada de qué preocuparse que no sea la próxima elección y el armado de las estructuras electorales que operen la continuidad de este gran partido. Ahí se festejó la renovación que vendrá con la nueva dirección electa por una unanimidad impuesta por dedazo en un partido acostumbrado a la decisión de uno.
Sin procesos democráticos, sin autocrítica, sin evaluaciones internas de las condiciones y contextos en las que se encuentran ellos y el país que gobiernan, les llevó 16 minutos la determinación de su nueva dirigencia, repitiendo las viejas y descompuestas rutas autocráticas mostradas un día sí y otro también.
En un consejo nacional obediente, acrítico, uniforme hasta la ofensa, de discursos huecos, donde los lugares comunes son las mentiras convertidas en mantras que proclaman, de su honestidad valiente, con la cual impedirán que “lleguen” más corruptos, o personajes que puedan estar ligados a malas prácticas, ha de ser porque ya no caben más. Claman la unidad a toda costa ya no para defender principios como lo dicen, sino para defender los intereses de la cúpula, principalmente los que resultan de sus actos corruptos, arbitrarios e impunes.
Solo se entiende lo anterior, en la amplia y profunda dimensión que alcanza, cuando se escuchan los discursos presidenciales desprovistos de mesura o cuidado político. No, al contrario, con el poder que ostentan, optan por doblar la apuesta y se atreve a pronunciar sin rubor la reiterada narrativa que pareciera insostenible: “donde antes había corrupción, hoy hay honestidad; donde antes había desigualdad, hoy hay igualdad; donde antes se construían barreras, hoy se construyen puentes”, atribuyendo dichos resultados a la gestión de su jefe, López Obrador. Dijo esto, en un afán de mostrar virtudes que no se encuentran por ninguna parte, apenas unos días después de que EUA acuse por vínculos con el crimen organizado a un gobernador, un senador, un alcalde, un fiscal y otras 6 personas morenistas más, solicitando su detención con el fin de extradición.
Porque el encargo y el reto mayúsculo que tiene la presidencia, no es gobernar y desarrollar un país, sino consolidar la construcción mafiocrática de las cúpulas morenistas y sus aliados en la sombra. Por eso no se comporta como Jefa de Estado, sino como vocera, cabeza visible de la camarilla en el poder, comandada por ya saben quién. Por eso cuando solicita la unidad nacional se dirige a su público cautivo, solo en torno a sus proyectos, a su modalidad de patria uniforme, representada, encapsulada, que escucha y acata las determinaciones que salen desde las tierras de Palenque. Y para que no haya confusiones, acude personalmente el fin de semana en una gira no programada, despejando las dudas sobre quién realmente manda dentro de la fuerza de poder y gobierno hegemónico en el país.
La narrativa presidencial reitera de manera cínica la defensa de sus correligionarios, , como referentes de su defensa del pueblo, su pueblo bueno, mintiendo aparatosamente ante el conocido mal comportamiento de todos los señalados, postulando como escudos conceptos como verdad, justicia y soberanía.
La defensa de la soberanía, de la dignidad también esgrimida, acotadas a la pandilla; la unidad nacional que no mira a todos sino solo a quienes su subordinen; los puentes solo para los que se miren y escuchen como ellos, la verdad como esa que se establezca en la sumisión a la que ellos poseen indiscutible y la justicia entendida como el solapamiento de sus triquiñuelas, argumentando un estado de derecho que no aplican para todos, sino solo para su corte.
Lejos muy lejos estamos de una clase política democrática que se reconozca en la pluralidad, la tolerancia y el diálogo. Toca mirar la dura realidad de las máscaras y las hipocresías que se entienden con los contubernios de los intereses facciosos que, en el caso mexicano, tienen un solo líder autócrata con nombre y apellido.
DE LA BITÁCORA DE LA TÍA QUETA
En México debe ser prioridad la salud mental de nuestras niñas, niños y adolescentes, porque es otro tema en el que vamos mal.
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