La UV se hunde en los rankings internacionales mientras Rectoría se aferra
Dr. Rafael Vela Martínez
El más reciente QS World University Rankings 2026 vuelve a exhibir el rezago académico de la Universidad Veracruzana (UV). Mientras instituciones mexicanas como la UNAM, el Tecnológico de Monterrey, la Universidad Panamericana, el ITAM, el IPN, la UAM y la Universidad de Guadalajara mantienen presencia en la clasificación mundial, la UV queda cada vez más lejos de esos espacios de visibilidad internacional. El dato no es menor: confirma una pérdida sostenida de competitividad académica frente a universidades públicas y privadas del país que, aun con limitaciones, siguen figurando en el escenario global.
La UV, en cambio, ya ni siquiera aparece en la base mundial 2026 consultada entre las instituciones mexicanas listadas. Ese hecho, por sí mismo, debería encender todas las alarmas. No se trata de un simple dato estadístico ni de una medición aislada: se trata de un síntoma de pérdida de presencia académica internacional. En 2023 y 2024, la UV ya se encontraba en el rango 1201–1400; para 2025 cayó al rango 1401+, el último nivel de clasificación mundial reportado por QS. Ahora, en la referencia mundial 2026, la institución queda prácticamente fuera de la conversación global de las universidades mexicanas con presencia competitiva. Este deterioro no puede explicarse como una casualidad. Coincide con los últimos cinco años de la administración encabezada por Martín Aguilar Sánchez, periodo en el cual la Universidad Veracruzana ha carecido de un verdadero proyecto académico de largo alcance.
El problema es más grave cuando se revisa la posición de la UV en el QS World University Rankings: Latin America and The Caribbean 2026. En esta clasificación regional, la Universidad Veracruzana aparece en el rango 151–160. No se ubica entre las primeras 100 universidades de América Latina y el Caribe, y tampoco se encuentra dentro del grupo de liderazgo de México. Por encima de la UV aparecen, entre otras instituciones mexicanas, el Tecnológico de Monterrey, la UNAM, el IPN, la UAM, el ITAM, la Universidad de Guadalajara, la UDLAP, la Iberoamericana, la Universidad Panamericana, la Universidad Autónoma de Nuevo León, El Colegio de México, la Universidad Anáhuac, la Universidad Autónoma del Estado de México, la BUAP, la Universidad de Monterrey, la Universidad de Guanajuato, el ITESO, la Universidad Autónoma de Baja California, la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo y la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.
En otras palabras: la UV no solo está lejos de competir con las universidades latinoamericanas mejor posicionadas; también aparece rezagada frente a una amplia lista de instituciones mexicanas, públicas y privadas, varias de ellas con menor presencia territorial o menor peso histórico que la Universidad Veracruzana. Más aún: si la comparación se limita a universidades públicas mexicanas, la UV también aparece por debajo de instituciones como la UNAM, el IPN, la UAM, la UDG, la UANL, El Colegio de México, la UAEMex, la BUAP, la Universidad de Guanajuato, la Universidad Autónoma de Baja California, la UAEH y la UASLP. Ese lugar no corresponde a una universidad pública estatal que presume ser una de las más importantes del país.
Los indicadores específicos son todavía más reveladores. En la clasificación latinoamericana 2026, la UV registra 43 puntos en reputación académica, 15.9 en reputación del empleador, 52.6 en red internacional de investigación, 17.3 en citas por artículo, 18.2 en artículos por facultad, 39.7 en personal con doctorado y 77.9 en impacto web. Estos datos muestran con claridad dónde se concentra el rezago: débil reconocimiento de empleadores, bajo impacto científico, limitada productividad por planta académica y una presencia internacional que no corresponde con la escala institucional de la UV.
Este es el punto central: los rankings no son perfectos, ni deben convertirse en el único criterio para valorar a una universidad pública. Pero sí funcionan como termómetro internacional. Miden reputación académica, percepción de empleadores, producción científica, citas, redes de investigación, proporción de personal académico, internacionalización, sostenibilidad e impacto institucional. Cuando una universidad cae o desaparece de estos espacios, el mensaje es claro: algo se está dejando de hacer o se está haciendo mal.
En el caso de la Universidad Veracruzana, el deterioro no es reciente ni accidental. Desde 2024 advertí que la UV atravesaba uno de los peores momentos de su historia, al caer al rango 1401+ del ranking mundial, el último nivel de universidades evaluadas. Los bajos puntajes en reputación académica, citas, empleabilidad, internacionalización y sostenibilidad ya mostraban una administración sin proyecto académico ni visión de recuperación institucional. Hoy, los datos confirman aquella advertencia: la UV ha perdido competitividad, visibilidad y liderazgo, sin que exista una estrategia clara para revertir su caída.
Esta situación debería preocupar no solo a los universitarios, sino al Gobierno del Estado, al Congreso local, a los sectores productivos, a los egresados y a la sociedad veracruzana. La UV es la universidad pública más importante de Veracruz. Su deterioro académico no es un asunto interno: afecta directamente las posibilidades de desarrollo científico, tecnológico, cultural, social y económico del estado. Una universidad rezagada limita la formación de capital humano, reduce la capacidad de innovación regional y debilita la posibilidad de que Veracruz construya respuestas propias frente a sus graves problemas estructurales.
La Universidad Veracruzana no puede seguir normalizando su deterioro ni encubriendo con propaganda la pérdida de presencia académica nacional e internacional. El rezago que hoy exhiben los rankings es también consecuencia de una conducción institucional marcada por la ilegalidad, el afán de permanencia y la ausencia de un verdadero proyecto universitario. La UV no necesita una rectoría aferrada al poder; necesita legalidad, legitimidad, excelencia académica y una conducción capaz de devolverle a la universidad el lugar que nunca debió perder.



