Dorheny, el arte de “embromarse” / Omar Zúñiga

DE PRIMERA MANO

Dorheny, el arte de “embromarse”

Cuando la defensa es más grave que la denuncia

Por Omar Zúñiga

Hay declaraciones que se explican solas y hay declaraciones que, en su intento por explicar algo, terminan por confirmarlo todo.

A ese segundo género pertenecen las declaraciones que la diputada de Morena Dorheny García concedió para responder a la denuncia de un extrabajador de su equipo en el Congreso de Veracruz, quien la acusa de “mocharle” sistemáticamente parte de su quincena.

El caso, vale la pena subrayarlo, no es una ocurrencia de pasillo ni un chisme de redes: ya está denunciado ante la Fiscalía Especializada en Combate a la Corrupción, que lo investiga formalmente.

Frente a eso, la legisladora tenía dos caminos: acreditar con nómina, transferencias y recibos que a su excolaborador siempre le llegó el cien por ciento de su salario, o guardar silencio hasta que la autoridad se pronunciara. Eligió un tercero, el más riesgoso, construir una narrativa paralela.

Según Dorheny, el verdadero problema no es el presunto descuento salarial, sino que el trabajador extravió un equipo fotográfico valuado en más de 70 mil pesos tras un partido del Mundial, y que ella, generosamente, sigue esperando «hasta la fecha» a que él responda por ese equipo.

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El detalle que la diputada omite mencionar —y que nadie debería pasar por alto— es que, si ese extravío ocurrió y es tan grave como lo describe, ella ha tenido tiempo de sobra para denunciarlo formalmente.

No lo ha hecho, no hay denuncia ante ninguna instancia, no hay siquiera un reporte administrativo dentro del propio Congreso, lo que existe es una versión oral, entregada a un micrófono, después de las acusaciones en su contra, eso no es una defensa: es una cortina de humo con fecha de caducidad.

Convertir a quien te acusa en el verdadero culpable, sin una sola prueba documental sobre la mesa, es una estrategia tan vieja como efectiva en el corto plazo y tan desastrosa en el largo.

Porque mientras la Contraloría y la Fiscalía anticorrupción hacen su trabajo, la flamante diputada optó por tratar de litigar en los medios, exhibiendo a un extrabajador sin acusarlo formalmente de nada, lo que la deja exactamente en el lugar del que dice querer salir: el de alguien que usa su posición para presionar antes que para transparentar.

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No podía faltar el giro final, el más gastado del manual de la 4T cuando se agotan los argumentos: insinuar que detrás de la denuncia hay una mano opositora, la cuestionada Dorheny García lo dice sin decirlo del todo —»tal vez político, tal vez la oposición»—, dejando la acusación flotando sin comprometerse con ella, como quien tira la piedra y esconde la mano.

Es un recurso cómodo porque no exhibe pruebas y desvía la conversación del tema real sobre las denuncias en su contra.

 

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Para documentar el optimismo, es que lo más revelador de todo este episodio no está en lo que la diputada dijo, sino en lo que nadie dijo por ella.

Ni su coordinador parlamentario salió a respaldarla, ni un solo compañero de bancada emitió un pronunciamiento de solidaridad.

Y su jefa, la gobernadora Rocío Nahle, lejos de cerrar filas, pidió que el caso se investigue; en la política real, ese silencio colectivo pesa más que cualquier desmentido: cuando ni los propios salen a defender a uno de los suyos, generalmente es porque conocen algo que el público apenas empieza a sospechar.

Y es que, en los pasillos del Congreso, lo que hoy se investiga como denuncia es, desde hace tiempo, un secreto a voces: la forma de operar de la legisladora respecto a su personal no es nueva ni exclusiva de este caso.

Quienes han trabajado cerca de su oficina conocen el patrón; lo distinto ahora es que alguien decidió llevarlo ante la autoridad competente en lugar de quedarse callado.

 

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Hay, además, un matiz casi involuntario en sus declraciones, que retrata mejor que cualquier análisis el tono con el que la diputada aborda un asunto que involucra presuntamente recursos públicos y el sustento de un trabajador: en dos ocasiones distintas, para describir el impacto que este caso le genera, Dorheny García recurre a la misma palabra, «embromar».

Que «esto nos embroma» y que la reposición del equipo «me embroma»; un término coloquial, casi festivo, para referirse a una denuncia por corrupción que ya investiga la Fiscalía y a un trabajador que, según su propio relato, dejó de recibir su salario completo.

La levedad o ignorancia sobre el manejo del lenguaje y el significado de las palabras, dice, muchas veces, más que el contenido del mensaje y mucho más de quien las usa.

Al final, la pregunta no es si un equipo fotográfico se extravió o no.

Es por qué, ante una denuncia por corrupción, la respuesta oficial de una diputada de la 4T fue acusar a su denunciante de otra cosa, insinuar sin probar que hay motivaciones políticas detrás, y hacerlo todo con una ligereza verbal que ninguna autoridad debería tomar como normal.

La Contraloría y la Fiscalía Anticorrupción tienen la palabra.

Dorheny García, por lo pronto, ya se embromó a sí misma.

¡Qué barbaridad!

deprimera.mano2020@gmail.com